Cisnes Salvajes by Jung Chang

Cisnes Salvajes by Jung Chang

Author:Jung Chang
Language: es
Format: mobi
Tags: prose_contemporary
ISBN: 9788477650737
Publisher: Circe
Published: 2011-12-01T23:00:00+00:00


Para entonces, Mao había pedido al país que abandonara las enseñanzas de Lei Feng para aprender fundamentalmente del Ejército. Bajo el mandato del ministro de Defensa Lin Biao, sucesor del mariscal Peng Dehuai en 1959, el Ejército se había convertido en el pionero del culto a Mao. El líder deseaba asimismo regimentar aún más la nación. Acababa de escribir un poema ampliamente difundido en el que exhortaba a las mujeres a abandonar su feminidad y vestir el uniforme. Se nos dijo que los norteamericanos estaban esperando una oportunidad para invadirnos y reinstaurar el Kuomintang, y que para derrotarlos Lei Feng se había entrenado día y noche para superar su debilidad física y convertirse en un campeón en el lanzamiento de granadas. De pronto, el entrenamiento físico adquirió una importancia vital. Todos comenzaron compulsivamente a correr, nadar, practicar el salto de altura, hacer barras paralelas, practicar el tiro al blanco y arrojar granadas de mano simuladas con trozos de madera. Además de las dos horas semanales dedicadas a la práctica de los deportes, se decretó la obligatoriedad para este fin de un período diario de cuarenta y cinco minutos después de las horas de clase.

Yo siempre había sido un desastre para los deportes, y los odiaba todos con excepción del tenis. Hasta entonces no me había importado, pero ahora la cuestión había adquirido connotaciones políticas, con consignas tales como: «Desarrollemos la fortaleza física para la defensa de la madre patria.» Desgraciadamente, aquella insistencia no hizo sino aumentar mi aversión por ellos. Cuando intentaba nadar, siempre me asaltaba la imagen mental de estar siendo perseguida por invasores norteamericanos hasta la orilla de un río turbulento. Como no sabía nadar bien, sólo podía elegir entre ahogarme o dejarme capturar y torturar por los norteamericanos. El temor me producía frecuentes calambres en el agua, y un día creí ahogarme en aquella piscina. A pesar de las horas de natación obligatorias que había cada semana durante el verano, no logré aprender a nadar durante el tiempo que viví en China.

La práctica en arrojar granadas de mano se consideraba asimismo sumamente importante por motivos evidentes, pero yo siempre era la última de la clase. Tan sólo lograba arrojar las granadas de madera con las que practicábamos a una distancia de unos pocos metros. Sabía que mis compañeros de clase debían de poner en duda la fuerza de mi decisión para combatir a los imperialistas estadounidenses. Un día, durante nuestra asamblea política semanal, alguien comentó mi constante incompetencia en el lanzamiento de granadas de mano. Podía sentir los ojos de toda la clase taladrándome como agujas, como diciendo: «¡No eres más que una lacaya de los norteamericanos!» A la mañana siguiente, me retiré hasta un rincón del campo de deportes y me situé con los brazos extendidos sosteniendo un ladrillo en cada mano. En el diario de Lei Feng —que había llegado a saberme de memoria— había leído que así era como el héroe había endurecido sus músculos para el lanzamiento de granadas. Al cabo de pocos días, tenía los brazos hinchados y enrojecidos, y me rendí.



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